El rol de los ejidos mexicanos en la conservación ambiental mundial
México concentra uno de los sistemas de tenencia forestal más singulares del mundo. Aproximadamente 60-70% de los bosques y selvas del país se encuentran bajo propiedad social, administrados por ejidos y comunidades agrarias que toman decisiones sobre su uso, conservación y aprovechamiento. Esta configuración va más allá del plano jurídico: define el estado ecológico de millones de hectáreas y, con ello, su capacidad de capturar y almacenar carbono.
Los bosques mexicanos cubren cerca de 64 millones de hectáreas, equivalentes a cerca de un tercio del territorio nacional, que convierten al país en uno de los principales reservorios de carbono forestal en América. En términos de almacenamiento, distintos tipos de bosque pueden contener desde aproximadamente 50 hasta más de 150 toneladas de carbono por hectárea de biomasa aérea, sin considerar el carbono del suelo, que en muchos ecosistemas forestales puede representar una fracción igual o mayor del total.
Pero la captura de carbono no es estática. Un bosque funciona como sumidero únicamente cuando el crecimiento de la vegetación supera las pérdidas por descomposición, tala o disturbios. Esta condición puede mantenerse durante décadas, pero también revertirse rápidamente si el sistema pierde cobertura o integridad del suelo. En términos climáticos, la diferencia entre un bosque estable y uno degradado no es lineal: es simplemente un cambio de estado.
Por eso, el papel de los ejidos es determinante. El manejo forestal comunitario introduce una forma de gobernanza que opera directamente sobre los factores que regulan el carbono: control del aprovechamiento de madera, vigilancia territorial, prevención de incendios y restauración de áreas degradadas. Estas acciones son mecanismos reales que reducen la probabilidad de perturbaciones de alta intensidad, que son las que liberan grandes volúmenes de carbono en periodos cortos.
La evidencia empírica respalda este efecto. En múltiples evaluaciones en México, los territorios con manejo forestal comunitario han mostrado tasas de deforestación entre 30% y 50% menores que áreas sin organización comunitaria robusta o con menor capacidad de gestión local. El impacto de esta diferencia escala más allá del territorio nacional. Si los bosques bajo manejo comunitario perdieran capacidad de conservación y entraran en procesos de degradación y cambio de uso de suelo, el efecto no sería local. La deforestación y degradación forestal en México han sido asociadas a la liberación de cientos de millones de toneladas de CO2 almacenadas en biomasa y suelos.
Dicho de forma más directa: si los sistemas ejidales dejaran de funcionar como mecanismos de control y conservación, una parte relevante del carbono actualmente almacenado en los bosques mexicanos entraría en riesgo de liberación. Existiría, pues, una contribución incremental a las emisiones globales en un sector que ya representa aproximadamente una quinta parte de las emisiones netas mundiales cuando se consideran cambios de uso de suelo.
La relevancia de los ejidos, entonces, va más allá de lo que conservan hoy, pues está en lo que evitan que ocurra a escala global: la conversión de sistemas forestales en fuentes persistentes de carbono atmosférico. Los ejidos mexicanos funcionan como una parte crucial de la infraestructura climática, y su papel no requiere de grandes intervenciones externas, sino de inversiones que promuevan y permitan la continuidad de sus prácticas locales de manejo, vigilancia y restauración para mantener los bosques dentro de su rango funcional como sumideros.
En Ala-boOl, trabajamos de la mano de los ejidatarios para promover esa continuidad. Porque contribuir para mejorar la vida de las comunidades ejidales es, al mismo tiempo, fortalecer las capacidades de monitoreo, manejo responsable y gobernanza comunitaria para asegurar que los bosques mexicanos mantengan su función climática. Porque hoy, la estabilidad de los ejidos tiene implicaciones que trascienden fronteras.